Aprender a extrañar: el otro hogar que llevamos con nosotros

Una de las preguntas que más escucho entre quienes vivimos lejos de nuestro país de origen es:

¿Alguna vez se deja de extrañar?

Es una pregunta sencilla, pero la respuesta rara vez lo es.

Muchas personas imaginan que, con el paso de los años, la nostalgia desaparece. Que llega un momento en el que uno termina de adaptarse, deja atrás el pasado y finalmente siente que pertenece por completo al nuevo lugar.

Sin embargo, mi experiencia —y la de muchas personas que conozco— ha sido distinta.

Después de muchos años viviendo en otro país, sigo extrañando. Pero curiosamente, también sucede lo contrario.

Cada vez que vuelvo a mi país de origen, disfruto enormemente del reencuentro con mi familia, los amigos, los olores, la comida, las calles que forman parte de mi historia. Sin embargo, después de unos días también empiezo a extrañar mi rutina, mi casa, el paisaje, la tranquilidad y aquellas pequeñas cosas del país donde vivo hoy.

Y cuando regreso a ese lugar que elegí como hogar, inevitablemente vuelven a aparecer otros sentimientos. Nació un sobrino mientras estaba lejos. Mi abuela cumplió años. Un amigo se casó. Hay conversaciones familiares que ya no comparto y pequeños momentos cotidianos de los que no fui parte.

Entonces aparece esa sensación extraña de pertenecer a dos lugares y, al mismo tiempo, de no estar nunca completamente en ninguno.

Durante mucho tiempo pensé que había que resolver esa contradicción. Que, en algún momento, uno debía dejar de extrañar.

Hoy creo exactamente lo contrario.

El verdadero desafío no es luchar contra esa ambigüedad, sino aprender a convivir con ella.

Aceptar que podemos construir una vida nueva sin dejar de amar la anterior. Que el corazón tiene la enorme capacidad de generar más de un hogar. Que nuestras raíces no desaparecen cuando crecen otras nuevas.

Quizás extrañar no sea una señal de que todavía no nos adaptamos.

Quizás sea simplemente la evidencia de que fuimos profundamente felices en más de un lugar.

Y eso, lejos de ser un problema, es un privilegio.

Permitirnos extrañar también significa reconocer todo aquello que nos hizo bien. Las personas, las costumbres, los paisajes, los sabores o los momentos que dejaron una huella en nosotros. No hace falta intentar borrar esos recuerdos para abrazar la vida que tenemos hoy.

Existe una frase en inglés que me gusta mucho:

“Wherever you are, be all there.”

Algo así como: “Donde estés, estate por completo allí.”

No significa negar la nostalgia. Significa darle su espacio sin permitir que nos impida vivir el presente.

Podemos emocionarnos recordando un asado familiar mientras disfrutamos de un café en nuestra ciudad adoptiva. Podemos extrañar nuestro barrio, un encuentro con los amigos de siempre o una sobremesa, y al mismo tiempo sentirnos agradecidos por la vida que estamos construyendo.

Las dos cosas pueden coexistir.

Tal vez esa sea una de las mayores enseñanzas de emigrar: descubrir que la identidad no es un lugar fijo, sino algo que se expande.

Que se puede pertenecer a más de un sitio.

Que se puede amar dos hogares.

Y que aprender a vivir con esa ambigüedad no es el costo de haber emigrado.

Quizás, después de todo, sea uno de sus mayores regalos.

Para finalizar…

Si mientras leías estas palabras sentiste que algo resonaba con tu propia experiencia, quizás hayas podido ponerle nombre a emociones que venís sintiendo desde hace tiempo. Extrañar, sentirte dividido entre dos lugares o preguntarte dónde está realmente tu hogar son vivencias mucho más frecuentes de lo que solemos imaginar.

Y aunque aprender a convivir con esa ambigüedad forma parte del camino, no siempre es un proceso que tengamos que atravesar en soledad.

A veces, contar con un espacio profesional permite poner en palabras esas emociones, comprenderlas con mayor profundidad y encontrar herramientas para vivir esta etapa con más calma y menos exigencia.

Pedir ayuda no significa que haya algo mal en vos. Muchas veces, simplemente, significa elegir cuidar de vos mientras seguís construyendo ese hogar que, poco a poco, también llevas dentro.

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