Cómo enseñar a nuestros hijos a valorar, esperar y esforzarse

Vivimos en una época en la que muchas cosas están al alcance de nuestros hijos de manera casi inmediata. Pueden recibir un juguete en pocos días, cambiar una película cuando deja de gustarles, pasar rápidamente de una actividad a otra o conseguir aquello que desean simplemente porque insistieron lo suficiente.

Como padres, además, muchas veces tenemos la posibilidad de dárselo. Y entonces aparece una pregunta que no siempre es fácil de responder:

Si podemos comprarlo, ¿por qué hacerlos esperar?

Si podemos solucionarles algo, ¿por qué dejarlos frustrarse?

Si podemos darles lo que quieren, ¿por qué decir que no?

La respuesta no tiene que ver con privarlos ni con hacerles la vida más difícil. Tiene que ver con algo mucho más profundo: ayudarlos a aprender que no todo deseo tiene que ser satisfecho inmediatamente.

 

El valor de aprender a esperar

Cuando un niño quiere algo y tiene que esperar para conseguirlo, está aprendiendo a tolerar una pequeña frustración. Está descubriendo que puede desear algo sin tenerlo inmediatamente, que puede sostener ese deseo en el tiempo y que puede atravesar la incomodidad de no obtener lo que quiere cuando quiere.

Y esto es una habilidad que va a necesitar durante toda su vida. Porque la vida está llena de esperas, frustraciones y deseos que no se cumplen inmediatamente.

Por eso, aprender a esperar desde pequeños es una manera de desarrollar tolerancia a la frustración, perseverancia y resiliencia.

¿Qué pasa cuando todo llega demasiado rápido?

Pensemos en algunas situaciones cotidianas.

Una niña quiere unos patines. Sus padres habían pensado comprarlos para su cumpleaños, pero después de varios días de insistencia terminan comprándolos antes.

Un niño empieza clases de guitarra. Todavía no sabemos si realmente le gusta o si va a sostener la actividad, pero insiste tanto con tener una guitarra que terminamos comprándosela.

Otro empieza fútbol y después del segundo entrenamiento dice que no quiere ir más.

O recibe un regalo de sus abuelos y tíos que le encanta, pero a la semana está roto, perdió algunas piezas y ya está pidiendo otro.

También puede pasar con cosas tan simples como una película: no le gusta, la cambia; tampoco le gusta la siguiente, cambia nuevamente, hasta encontrar algo que finalmente lo entretenga.

Situaciones como estas pueden invitarnos a pensar qué oportunidades estamos dando para que nuestros hijos aprendan algo que no se compra: el valor de esperar, esforzarse, perseverar y cuidar.

 

Decir “no” aunque podamos decir “sí”

A veces creemos que poner un límite solamente es necesario cuando hay algo que no podemos darles.

Pero también podemos decir que no cuando podríamos decir que sí.

Podemos comprarles los patines y, sin embargo, decidir que esperen hasta su cumpleaños.

Podemos comprarles la guitarra y, sin embargo, esperar para ver si realmente sostienen la actividad.

Podemos cambiarles la película y, sin embargo, acompañarlos a tolerar que una película no les guste.

Decir “ahora no” no significa decir “nunca”. Y tampoco significa que no queramos hacerlos felices. A veces significa justamente lo contrario: estamos pensando en una felicidad que vaya un poco más allá de la satisfacción inmediata. Porque cuando todo deseo es satisfecho rápidamente, podemos perder una parte importante del proceso: el deseo mismo y la importancia de que sea sostenido en el tiempo. Cuando un niño quiere algo y tiene que esperar, ese deseo puede crecer, transformarse y adquirir significado. Puede imaginarlo, hablar de eso, esperarlo, cuidarlo cuando finalmente lo recibe y disfrutarlo de una manera diferente. Y el tiempo también construye valor.

Esto no significa que debamos hacer esperar a nuestros hijos por todo. No se trata de convertir la espera en una regla rígida ni de privarlos de cosas que podemos darles.

Se trata de poder preguntarnos:

¿Tiene sentido que lo tenga ahora o puedo ayudarlo a esperar?

 

El esfuerzo también genera satisfacción

Hay algo muy importante que nuestros hijos necesitan experimentar: la satisfacción que aparece después del esfuerzo.

Cuando hacemos todo por ellos, cuando resolvemos rápidamente cada dificultad o cuando reemplazamos inmediatamente aquello que abandonaron, les quitamos —sin querer— la oportunidad de descubrir algo fundamental:

“Pude hacerlo.” Y ese sentimiento es diferente al de simplemente recibir.

Hay una satisfacción especial cuando un niño logra algo después de haber insistido, practicado, esperado o atravesado una dificultad. No es solamente felicidad por el resultado. Es también orgullo por el camino recorrido: “Me costó, pero pude.”

Esa experiencia va construyendo confianza en uno mismo y una sensación interna de capacidad.

 

No todo tiene que gustar inmediatamente

Vivimos también en una cultura de la satisfacción rápida.

Si algo no nos gusta, lo cambiamos.

Si nos aburrimos, buscamos otra cosa.

Si una actividad no nos entusiasma inmediatamente, la abandonamos.

Y nuestros hijos también necesitan aprender que no todo lo valioso resulta divertido desde el primer momento. Esto no significa obligarlos a sostener actividades que realmente no disfrutan. Significa enseñarles a diferenciar entre “esto no me gusta” y “esto me cuesta, todavía no me sale o todavía no le encontré el gusto.”

A veces necesitamos darles un poco de tiempo antes de decidir.

Por eso, cuando un niño empieza una actividad y a las dos clases dice que no quiere continuar, quizás podemos acompañarlo a pensar:

¿Realmente no te gusta? ¿O te resultó difícil? ¿Te aburriste porque todavía no te sale? ¿Querés probar algunas clases más antes de decidir?

La perseverancia también se aprende.

Cuidar lo que tenemos

Otro aprendizaje importante está relacionado con el cuidado.

Cuando algo llega fácilmente y puede ser reemplazado rápidamente, puede resultar más difícil comprender su valor.

Si un juguete se rompe y al poco tiempo aparece otro, quizás no haya demasiadas razones para repararlo o cuidarlo. En cambio, cuando algo fue esperado, elegido, cuidado o conseguido después de un esfuerzo, suele adquirir otro significado. Por eso, enseñar a cuidar no es simplemente enseñar a mantener las cosas en buen estado. Es enseñar a valorar, y valorar no significa necesariamente tener poco.

Podemos tener muchas cosas y, aun así, enseñar a nuestros hijos a cuidarlas, agradecerlas, disfrutarlas y comprender que no todo es descartable.

 

La espera construye carácter

Tal vez uno de los mayores regalos que podemos hacerles a nuestros hijos no sea evitarles todas las frustraciones, sino ayudarlos a atravesar aquellas que pueden tolerar.

Un niño que aprende a esperar aprende también que puede sentirse frustrado y seguir adelante.

Que puede querer algo y no tenerlo.

Que puede equivocarse y volver a intentar.

Que puede aburrirse y encontrar otra manera de entretenerse.

Que puede empezar algo, atravesar la dificultad y descubrir que después de esforzarse aparece una satisfacción diferente.

Todas estas pequeñas experiencias cotidianas van construyendo herramientas que, con el tiempo, se convierten en recursos para la vida.

No se trata de darles menos, sino de ayudarlos a valorar más

Criar en una época en la que tenemos acceso a tantas cosas es un desafío.

No necesitamos volvernos padres que dicen que no a todo, ni privar a nuestros hijos de aquello que podemos ofrecerles.

Tampoco se trata de generarles carencias artificiales.

Se trata de encontrar un equilibrio.

De poder decir:

“Sí, podemos comprártelo. Pero vamos a esperar.”

“Sí, podemos solucionarlo. Pero quiero que primero lo intentes vos.”

“Sí, podemos cambiar la película. Pero quizás podemos terminar esta y después elegimos otra.”

“Sí, podemos comprarte la guitarra. Pero primero veamos si realmente querés sostener esta actividad.”

Porque poner un límite a un deseo no significa apagarlo.

Muchas veces significa darle tiempo para crecer.

Y quizás ahí esté una de las tareas más importantes de la crianza: no solamente hacer felices a nuestros hijos hoy, sino ayudarlos a desarrollar los recursos que necesitarán para sentirse capaces, disfrutar de lo que tienen, tolerar lo que no pueden tener y perseverar cuando la vida les presente algo que cueste.

Porque no todo lo que podemos darles necesitamos dárselo inmediatamente.

A veces, enseñarles a esperar es una de las formas más amorosas de prepararlos para la vida.

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