La empatía es una palabra de la que escuchamos cada vez más. En los últimos años se ha hablado mucho sobre la importancia de ser empáticos con los demás, de poder comprender lo que le pasa al otro y de intentar mirar las situaciones desde una perspectiva diferente a la propia. Pero ¿qué significa realmente ser empático? ¿Realmente le damos a la empatía el valor que merece? ¿La ponemos en práctica en nuestros vínculos cotidianos, incluso cuando estamos enojados, frustrados o en desacuerdo?
Quizás una de las formas más sencillas de acercarnos a la empatía sea a través de dos palabras: “te entiendo”.
Empatizar implica intentar ponernos en el lugar del otro, en sus zapatos, y comprender cómo puede estar sintiéndose frente a determinada situación. No significa necesariamente pensar igual, estar de acuerdo o aceptar aquello que el otro hizo. Entender no es lo mismo que justificar. Podemos no compartir una decisión, una actitud o una manera de pensar y, aun así, intentar comprender qué llevó a esa persona a sentirse o actuar de determinada manera.
Y cuando esa comprensión puede ser expresada, tiene un enorme poder dentro de los vínculos.
Pensemos, por ejemplo, en una discusión de pareja. Muchas veces, cuando aparece un conflicto, cada uno comienza a defender su propia posición. Queremos explicar por qué tenemos razón, demostrarle al otro que estamos en lo correcto y conseguir que reconozca nuestro punto de vista. Sin darnos cuenta, la conversación deja de ser un intento de encontrarnos y comienza a convertirse en una batalla.
Cada uno se aferra más a su posición, las emociones aumentan y empiezan a aparecer frases como “mirá cómo te ponés”, “no puede ser que te enojes así”, “siempre hacés lo mismo” o “pero sos vos el que empezó”. Y muchas veces, lejos de resolver el conflicto, estas frases hacen que la discusión escale todavía más.
Esto es algo que vemos con frecuencia en consulta. Cuando las emociones toman el control, dejamos de escuchar realmente al otro y nos concentramos en defendernos. Es como si necesitáramos tener el cuchillo entre los dientes para no ceder, como si reconocer lo que siente el otro significara perder nuestra propia posición.
Pero ¿qué pasaría si cambiáramos el eje?
¿Qué sucedería si, antes de preparar nuestra respuesta, de enumerar nuestros argumentos y de ponernos a la defensiva, intentáramos comprender al otro? No para darle la razón, sino simplemente para intentar entender qué le está pasando y por qué está reaccionando de esa manera.
Decir “te entiendo”, “entiendo que te haya dolido” o “puedo entender por qué te sentiste así” no significa que estemos de acuerdo con todo lo que el otro dice o hace. Significa que estamos reconociendo su experiencia. Le estamos dando un lugar a lo que siente.
Y ese reconocimiento puede cambiar radicalmente las cosas.
Es como tirar agua al fuego en lugar de seguir echándole combustible. Cuando una persona siente que el otro puede ver y comprender lo que le está pasando, muchas veces deja de necesitar defenderse con tanta intensidad. Las emociones comienzan a bajar y aparece nuevamente la posibilidad de conversar.
Desde ahí podemos intercambiar nuestros puntos de vista, explicar cómo vivimos nosotros la situación, repensar lo ocurrido, reconocer nuestra parte, pedir perdón o incluso sostener una diferencia. Porque empatizar no significa que necesariamente vayamos a llegar a la misma conclusión. Significa que podemos hacerlo desde un lugar diferente, donde el otro no es un enemigo al que tenemos que convencer, sino una persona con una experiencia y una mirada propia.
La empatía tiene justamente ese poder: puede transformar un enfrentamiento en una conversación, un desencuentro en una oportunidad para acercarnos y una diferencia en una posibilidad de conocernos un poco más.
Los vínculos no se fortalecen solamente cuando pensamos igual. También se fortalecen cuando podemos atravesar nuestras diferencias sin dejar de reconocernos mutuamente. Cuando podemos escuchar incluso aquello que no nos gusta. Cuando podemos intentar comprender antes de responder.
Y quizás ahí esté una de las mayores riquezas del “te entiendo”. No busca eliminar las diferencias ni evitar los conflictos. Busca construir un puente para poder atravesarlos.
Porque en definitiva, frente a una discusión, podemos preguntarnos qué estamos buscando. ¿Queremos demostrar que tenemos razón o queremos encontrar un punto de encuentro? ¿Queremos ganar la discusión o cuidar el vínculo?
Como dice el conocido dicho: ¿qué preferís, tener la razón o ser feliz?
A veces, elegir comprender no significa renunciar a lo que pensamos. Significa elegir encontrarnos.

Esta muy bueno el artículo, súper claro el concepto y su significado. Lo que si, que difícil es a veces implementar la empatía sobretodo cuando hay enojo de por medio. Pero si, hay que hacer el esfuerzo y el ejercicio de bajar la guardia y buscar el acercamiento ya que creo que eso hacer crecer las relaciones en el amor y cuidado mutuo.
Que lindo articulo! Es un tema tan cotidiano…. tanto con hijos, como con pareja, compañeros de trabajo, etc… Todos en algun momento del dia nos encontramos en una situacion en la que podemos elegir: ganamos la discusion? o generamos el dialogo?
Gracias por compartirlo!