Cuando tu hijo pierde el control: cómo acompañarlo sin perder el tuyo

Durante los primeros años de vida de nuestros hijos, hay momentos en los que se desbordan: gritan, lloran, se enojan, tiran cosas, se tiran al piso o parecen no escuchar nada de lo que les decimos.

Y muchas veces, frente a ese desborde, nosotros también terminamos perdiendo el control.

Queremos que se calme, que entienda, que escuche, que deje de hacer aquello que está haciendo. Repetimos una y otra vez el mismo pedido y, cuando no funciona, nuestra paciencia comienza a agotarse.

Pero, ¿qué podemos hacer cuando nuestro hijo está atravesando una emoción muy intensa?

Primero, entender qué está pasando

Los niños no nacen sabiendo regular sus emociones. La capacidad de reconocer lo que sienten, tolerar la frustración, esperar, calmarse y encontrar una respuesta adecuada se va construyendo a lo largo del desarrollo.

Por eso, cuando un niño está muy desbordado emocionalmente, muchas veces no puede simplemente “calmarse” porque se lo pedimos.

Necesita de un adulto que pueda acompañarlo y ayudarlo a recuperar la calma.

Esto no significa dejarlo hacer lo que quiera ni eliminar los límites para evitar su enojo.

Significa poder transmitirle:

“Entiendo que estás muy enojado, pero este límite se mantiene.”

Comprender la emoción y sostener el límite

Una de las claves de la crianza respetuosa es poder diferenciar entre validar una emoción y permitir cualquier conducta.

Podemos comprender que nuestro hijo esté frustrado porque quiere seguir jugando y, al mismo tiempo, sostener que es hora de apagar la pantalla.

Podemos comprender su enojo porque no quiere irse de un lugar y, aun así, mantener que tenemos que irnos.

Podemos acompañar su tristeza porque algo no salió como esperaba, sin intentar solucionar inmediatamente aquello que siente.

La emoción puede ser válida. El límite también.

Cuando los límites se ponen desde el comienzo, de manera clara y consistente, evitamos llegar a situaciones en las que tenemos que repetir diez veces lo mismo hasta terminar agotados y enojados.

Como plantea Maritchu Seitún, una idea que resulta muy útil en la crianza es decir las cosas una sola vez y luego ocuparnos de que el límite se cumpla, en lugar de entrar en una interminable repetición.

Por ejemplo, si es momento de apagar la televisión, podemos decirlo claramente y anticipar lo que va a suceder. Si el niño protesta, podemos acompañar su enojo, pero no necesitamos entrar en una discusión interminable para convencerlo.

El límite no necesita ser gritado para ser firme.

¿Qué hacer durante un berrinche?

Cuando la emoción ya tomó mucha intensidad, probablemente no sea el momento de explicar, razonar o intentar enseñar.

Primero necesitamos ayudar al niño a atravesar ese momento.

Podemos quedarnos cerca, hablar poco y con calma, poner palabras a lo que observamos:

“Estás muy enojado.”
“Esto te frustró mucho.”
“Estoy acá.”

También podemos ayudarlo con estrategias de regulación que conozcamos y que sean adecuadas para él: respirar juntos, buscar un lugar tranquilo, abrazarlo si lo acepta, tomar distancia del estímulo que lo está sobrecargando o simplemente acompañarlo en silencio.

Pero es importante recordar algo:

no podemos enseñar regulación emocional en medio del desborde.

Primero hay que ayudarlo a recuperar la calma. Después podremos conversar sobre lo que ocurrió.

Detrás del berrinche hay algo para comprender

Una vez que nuestro hijo se calmó, podemos volver sobre la situación.

No solamente para explicarle qué hizo mal, sino para ayudarlo a comprender qué le pasó.

Podemos preguntarnos:

¿Qué ocurrió antes del berrinche?

A veces detrás de una reacción que parece desproporcionada hay una necesidad que no estaba siendo atendida.

¿Tenía hambre?
¿Estaba cansado?
¿Había dormido mal?
¿Había tenido un día difícil?
¿Estaba sobreestimulado?
¿Estaba atravesando alguna preocupación?
¿Hubo una frustración que no pudo tolerar?

Y otras veces puede haber una emoción específica detrás de lo que vimos como “un berrinche”: tristeza, miedo, frustración, celos, vergüenza, sensación de injusticia o necesidad de conexión.

Ayudarlo a ponerle un nombre a esa emoción es una manera de comenzar a construir conciencia emocional.

Podemos decir:

“Creo que te enojaste mucho porque querías seguir jugando y tuvimos que irnos.”

O:

“Quizás estabas muy cansado y por eso te costó tanto aceptar que era hora de bañarte.”

No se trata de justificar cualquier conducta. Se trata de ayudar al niño a comprender qué había detrás de su reacción, para que poco a poco pueda reconocer esas señales en sí mismo.

La regulación emocional también empieza en nosotros

Hay algo que muchas veces olvidamos: para acompañar la regulación emocional de nuestros hijos, necesitamos ocuparnos también de nuestra propia regulación.

Si estamos agotados, si venimos repitiendo el mismo límite durante veinte minutos, si sentimos que nuestro hijo no nos escucha y nuestra paciencia está al límite, es mucho más difícil responder desde la calma.

Por eso, poner límites claros desde el comienzo también es una forma de cuidarnos.

No se trata solamente de ayudar a nuestros hijos.

También se trata de evitar que la situación escale hasta que terminemos gritando, amenazando o diciendo cosas que después lamentamos.

Un límite claro, sostenido y consistente puede ser mucho más efectivo —y mucho menos agotador— que repetir una indicación una y otra vez.

A criar también se aprende

Nadie nace sabiendo cómo acompañar cada situación de la crianza.

Hay momentos en los que entendemos perfectamente lo que nuestro hijo necesita y otros en los que nos encontramos sin herramientas, cansados o reaccionando desde nuestro propio desborde.

Buscar un espacio de orientación y acompañamiento puede ser muy valioso para comprender mejor lo que está pasando y construir herramientas concretas para afrontar las situaciones cotidianas de la crianza.

Porque acompañar las emociones de nuestros hijos no significa evitarles la frustración, impedirles enojarse o hacer desaparecer los límites.

Significa ayudarlos, poco a poco, a reconocer lo que sienten, comprender qué les sucede, aprender a regularse y encontrar maneras más saludables de expresar sus emociones.

Y al mismo tiempo, aprender nosotros a poner límites con firmeza, sin perder la conexión y sin perder el control.

Porque nuestros hijos necesitan adultos que puedan sostenerlos. Y para poder sostenerlos, nosotros también necesitamos sentirnos sostenidos y contar con herramientas.

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