Regulación emocional en los niños: el equilibrio entre acompañar y poner límites

“¿Cómo hago para que mi hijo aprenda a manejar sus emociones?”

Esta es una de las preguntas que más frecuentemente aparece en el consultorio. Detrás de ella suelen estar los berrinches, los enojos intensos, la frustración, los miedos, la ansiedad o esa sensación de que las emociones “desbordan” a nuestros hijos.

Como padres, es natural preguntarnos si estamos actuando de la manera correcta.

En los últimos años comenzó a hablarse mucho sobre la importancia de acompañar las emociones de los niños. Este enfoque representa un cambio importante respecto del modelo con el que muchos de nosotros crecimos.

Del “no llores” al “te acompaño”

Durante mucho tiempo predominó un paradigma en el que los niños debían obedecer a los adultos y controlar rápidamente aquello que sentían. De manera implícita —y muchas veces explícita— parecía haber emociones “permitidas”, como la alegría, el entusiasmo o el buen humor.

Pero ¿qué pasaba con la tristeza, el enojo, la frustración o el miedo?

Estas emociones suelen incomodar a los adultos. Nos generan preocupación, nos exigen tiempo y muchas veces despiertan nuestras propias emociones. Entonces, sin darnos cuenta, intentamos apagarlas con frases como:

  • “No es para tanto.”
  • “No llores.”
  • “Ya va a pasar.”
  • “Tenés que ser fuerte.”

Sin embargo, las emociones no desaparecen porque las ignoremos.

Como dice el dicho: “Lo que no entra por la puerta, entra por la ventana.”

Cuando un niño aprende que ciertas emociones no son aceptadas, comienza a esconderlas o reprimirlas. Poco a poco va construyendo la idea —muchas veces de manera inconsciente— de que está mal sentir lo que siente.

Cuando las emociones buscan otra forma de salir

Las emociones reprimidas o negadas suelen encontrar otros caminos para manifestarse.

A veces aparecen como dificultades en las relaciones con otros niños, problemas para dormir, miedo a separarse de los padres, regresiones en el control de esfínteres en los más pequeños, dolores físicos sin una causa médica clara o conductas que parecen desproporcionadas.

Con el tiempo, algunos niños comienzan a desconectarse de su mundo emocional. Aprenden a complacer a los demás, se sobreadaptan y les resulta cada vez más difícil identificar lo que realmente sienten o necesitan.

Crecen pendientes de responder a las expectativas externas en lugar de desarrollar una conexión auténtica con su propio mundo interno.

Es así que frente a este modelo más rígido surgió otro enfoque que, en ocasiones, termina interpretándose como un “dejar ser” absoluto.

Se piensa que acompañar emocionalmente significa permitir cualquier conducta porque “está expresando lo que siente”.

Sin embargo, validar una emoción no significa aceptar cualquier comportamiento.

Cuando no existen límites claros ni adultos que ayuden a contener esas emociones, es frecuente observar niños con grandes dificultades para tolerar la frustración, desbordes emocionales frecuentes y pocos recursos para recuperar la calma cuando algo no sucede como esperan.

En estos casos, la regulación emocional también se vuelve difícil y los niños dependen excesivamente de los adultos para poder calmarse.

Entonces… ¿Cómo encontramos el equilibrio?

La regulación emocional no consiste en reprimir las emociones ni tampoco en dejar que ellas gobiernen todas nuestras acciones.

El verdadero desafío está en encontrar un equilibrio.

Se trata de criar niños que sepan que todas las emociones son válidas, pero que también aprendan que no todas las conductas lo son.

Y ese aprendizaje no ocurre porque un día decidimos enseñárselo. Ocurre en la relación cotidiana con los adultos que los acompañan.

La regulación emocional primero se aprende con otro

Existe un concepto muy importante llamado corregulación.

Los niños no nacen sabiendo regular sus emociones. Su cerebro aún está en desarrollo y necesita del adulto para hacerlo. Antes de poder calmarse solos, necesitan que alguien los ayude a recuperar la calma. Por eso, cuando un niño está desbordado, no aprende si nosotros también gritamos, amenazamos o perdemos el control. Nuestro sistema nervioso se convierte en el principal regulador del suyo.

Cuando logramos mantener la calma, poner en palabras lo que está ocurriendo y ofrecer contención, estamos enseñándole, poco a poco, cómo hacerlo por sí mismo. Con el tiempo, esa regulación externa se transforma en autorregulación.

Validar no es lo mismo que permitir

Una de las mayores confusiones de la crianza respetuosa es pensar que validar significa decir que todo está bien.

Validar una emoción es reconocer lo que el niño siente.

Podemos decir:

“Entiendo que estés muy enojado porque querías seguir jugando.”

Pero, al mismo tiempo, podemos sostener el límite:

“No voy a dejar que me pegues.”

El mensaje que recibe el niño es muy diferente. No aprende que el enojo es malo. Aprende que el enojo es válido, pero existen maneras adecuadas de expresarlo.

Esa diferencia es enorme.

Los límites también regulan

Muchas veces pensamos que los límites generan frustración. Y es cierto. Pero justamente la frustración es una emoción que los niños necesitan aprender a atravesar. Cuando los adultos sostenemos límites claros, consistentes y respetuosos, ofrecemos algo mucho más profundo que una norma.

Ofrecemos seguridad.

Los límites organizan el mundo del niño, le permiten anticipar lo que va a ocurrir y le brindan un marco desde el cual aprender a tolerar la espera, aceptar un “no” y resolver conflictos. No se trata de imponer autoridad. Se trata de acompañar con firmeza y calidez.

La regulación emocional empieza por nosotros

Muchas veces queremos enseñar a nuestros hijos a gestionar sus emociones mientras nosotros mismos reaccionamos desde el enojo, la ansiedad o el cansancio. Y esto no significa ser padres perfectos. Significa reconocer que los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les decimos.

Cuando un adulto puede decir:

“Estoy muy enojado, voy a respirar un momento antes de seguir hablando” está enseñando una habilidad de regulación emocional muchísimo más poderosa que cualquier discurso.

Nuestros hijos aprenden observándonos.

No necesitan padres perfectos.

Necesitan adultos que puedan reparar cuando se equivocan, pedir perdón, reconocer sus propias emociones y mostrar que todas ellas pueden ser transitadas sin miedo.

El mayor regalo que podemos hacerles

La regulación emocional no consiste en criar niños que nunca se enojen, nunca lloren o nunca se frustren.

Todo lo contrario.

Consiste en criar niños que sepan que puedan sentir tristeza, miedo, enojo, frustración y todas las emociones “negativas”, sin quedar atrapados en esas emociones.

Niños que aprendan a reconocer lo que sienten, ponerle nombre, pedir ayuda cuando la necesitan y encontrar maneras saludables de volver a la calma.

Porque las emociones no son el problema.

Son información.

Y cuando un niño aprende a escucharlas, comprenderlas y atravesarlas acompañado por un adulto que lo sostiene con empatía y límites claros, está desarrollando una herramienta que lo acompañará durante toda su vida.

Ese, probablemente, sea uno de los mayores regalos que podemos hacerles.

1 comentario en “Regulación emocional en los niños: el equilibrio entre acompañar y poner límites”

  1. Esta buenisima la idea de que los chicos puedan expresar sus emociones sin ser limitados pero igual como padre poder imprimir un limite los ayuda en el largo plazo a auto-regularse! En estos tiempos que corren se confunde mucho el “dejar ser” de los chicos con no poner limites.

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